Llevo más de tres décadas trabajando en seguridad en cinco continentes. Francia, el Caribe, África, Medio Oriente, América Latina. He aprendido una cosa por encima de todas: cuando aparece una figura disruptiva que sacude el tablero político, el error más costoso es enfocarse en ella y perder de vista lo que la produjo.
Él no surgió de la nada. Ninguno surge de la nada.
Lo construyó un entorno donde el Estado llegó tarde, donde el estudio parecía menos rentable que el ingenio callejero, y donde el crimen organizado ocupó metódicamente los espacios que las instituciones dejaron vacíos. Aprendió a sobrevivir en ese contexto.
Después aprendió a prosperar. Y eso, seamos honestos, exige cierto reconocimiento.
Tiene instinto. Tiene visión. Lo que no tiene — todavía — es la lucidez de distinguir el éxito personal del liderazgo colectivo. Confunde popularidad con autoridad moral. Y ese error, en política, tiene consecuencias que van mucho más allá de quien lo comete.
He visto este guion antes. Varias veces.
En Caracas, a finales de los noventa, una figura carismática y sin ataduras institucionales canalizó el hartazgo legítimo de millones de venezolanos. El entusiasmo era genuino. Las intenciones, tal vez también. Veinte años después, más de siete millones de personas abandonaron su país. Los que aplaudieron al inicio ya no están ahí para rendir cuentas.
En Puerto Príncipe, el vacío institucional fue llenado primero por líderes improvisados, luego por bandas armadas. Hoy Haití es el ejemplo más dramático de lo que ocurre cuando una sociedad pierde sus defensas internas antes de reconocer que las necesitaba.
No digo que ese sea el destino de la República Dominicana. Todo lo contrario — y llevo años aquí precisamente porque veo un país con recursos, con energía y con gente capaz. Pero los patrones de riesgo no respetan fronteras ni banderas.
El fenómeno no es local. Es global.
En Europa lo vivimos con figuras que prometieron soluciones simples a problemas complejos. En África francófona, asistí a transiciones donde líderes mediáticos llegaron al poder montados en el resentimiento popular y salieron dejando instituciones más débiles de lo que las encontraron. El denominador común siempre es el mismo: una ciudadanía legítimamente frustrada que, en ausencia de alternativas creíbles, apuesta por lo desconocido.
No es irracionalidad. Es desesperanza. Y eso es mucho más difícil de combatir.
El diagnóstico honesto:
Quienes hoy ocupan posiciones de responsabilidad política tienen ante sí una oportunidad concreta: demostrar que las instituciones pueden responder más rápido que el populismo. Que la gestión puede ser más convincente que el espectáculo. No es una crítica — es una observación técnica.
En seguridad, la mejor forma de neutralizar una amenaza emergente no es confrontarla directamente. Es eliminar las condiciones que la alimentan.
Cuando una sociedad convierte la rabia en programa político y la notoriedad en credencial de gobierno, no estamos ante un problema de un hombre. Estamos ante un síntoma colectivo.
Y los síntomas ignorados se convierten en crisis.
La factura de estas crisis nunca la pagan quienes aplaudieron en el momento. La pagan, años después, quienes todavía no tenían voz cuando se tomaron las decisiones.
En seguridad enseñamos a anticipar. No a lamentar.
El problema no es él. Somos nosotros. Y el tiempo para actuar siempre es más corto de lo que parece.
— Reflexión de un profesional francés de la seguridad internacional, residente en República Dominicana, con experiencia operacional en más de quince países.
