La victoria de la derechista Keiko Fujimori en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú ha entrado en una fase irreversible.

Los números le dan la victoria incluso aunque todo el voto que queda por escrutar —actas impugnadas que está evaluando la justicia electoral, alrededor del 0,13%—, le fuera favorable a su rival, el izquierdista Roberto Sánchez. Con el conteo oficial en el 99,87%, ella obtiene el 50,1% de los votos y él, el 49,8%.

Es la tercera vez en la historia de Perú que el resultado es tan ajustado, por menos del 1% de ventaja, y es la cuarta vez que Fujimori intenta llegar a la presidencia. Lo ha hecho a cámara lenta, 17 días después de las elecciones, que es el tiempo que se ha tardado en contar los votos e ir resolviendo las impugnaciones. El hecho de que Perú no tenga un sistema de preconteo ha agravado la lentitud del proceso, sobre todo ante un resultado tan ajustado.

Desde la noche de la segunda vuelta, Sánchez ha ido subiendo el tono a las dudas para denunciar directamente lo que considera un fraude por el voto exterior, que le fue favorable a Fujimori y que inclinó definitivamente el resultado en su contra. Como ha contado mi compañero Renzo Gómez Vega desde Lima, ni los organismos internacionales han visto fraude ni tampoco los órganos electorales, que uno por uno han ido desestimando sus recursos. Según él, el hecho de que las actas viajaran esta segunda vuelta por valija diplomática, físicamente, en vez de digitalizarse como en la primera, constituye un cambio de método que afecta al resultado. Este lunes aseguró que no reconocerá la victoria de Fujimori.

La imagen que queda, después de más de dos semanas de incertidumbre, es la de un país partido, dividido entre las dos visiones del país que compitieron en la segunda vuelta. De un lado, el programa derechista y con acento en la mano dura en seguridad que plantea Fujimori ante la elevada criminalidad, quien ha reivindicado ya sin matices el divisivo legado de su padre, el autócrata Alberto Fujimori. Entre otras, promueve la idea de militares patrullando en las calles y lo que llama un “plan de pacificación” del país.

Del otro, un proyecto que subraya el combate a la desigualdad del psicólogo y congresista Sánchez. Él vinculó su candidatura al expresidente Pedro Castillo, encarcelado por intentar dar un autogolpe, y prometió indultarlo, una medida para atraer al bastión electoral de Castillo, enclavado en el empobrecido sur rural del país. Su programa plantea una industrialización del país para dar valor añadido a la exportación de materias primas, un plan de refuerzo para la policía con subidas de sueldos a los agentes, y elevar el salario mínimo.

La victoria matemática de Fujimori se produce el mismo día en el que, en Colombia, el izquierdista Iván Cepeda, del oficialismo, reconocía su derrota contra el ultraderechista Abelardo de la Espriella, con lo que los dos países se suman a la ola de derechas que gobierna en Latinoamérica bajo la hegemonía de Donald Trump.

Fujimori ha dicho este miércoles “ser consciente” de la fractura que atraviesa al país, y ha asegurado que “la convocatoria para un futuro gabinete va a ser abierta, plural, pero sobre todo con experiencia”. Ahora queda que en los próximos días la justicia electoral termine de evaluar las actas restantes y confirme su victoria, para ser proclamada presidenta el próximo 28 de julio.

Por: SILVIA BLANCO

Para: el Periódico El País.

Por Redacción

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