El día después del Saratoga, despertaré pensando en quienes no durmieron esa noche, por estar pensando que alguien cercano a ellos no dormiría ni esa, ni ninguna otra noche futura. El día después del Saratoga, veré en Internet fotos grises de perfil, unos números que no hacen justicia a las historias detrás de ellos, y caras desconocidas que esperan ser descubiertas, con suerte, en una cama de hospital o tiritando del miedo, pero vivos, bajo una pila de escombros.

El día después del Saratoga — en el mismo mes que hace unos años vio estrellarse un avión de pasajeros y, después, un accidente en el malecón — , una madre seguirá llorando al hijo que no estará el domingo en su mesa, un hombre besará las manos del doctor que atendió a su mujer, y dos amigos que ya casi no se hablan (porque no piensan igual), olvidarán sus diferencias un instante e irán juntos al mismo banco para donar sangre cubana.

El día anterior al Saratoga, me acosté pensando que a la mañana siguiente debía pasar cerca de allí a recoger a una amiga para hacer unas filmaciones. Esa amiga, que terminaba de limpiar cuando sintió el estruendo desde Obispo, me llamaba preocupada casi a la misma hora en que otra amiga — periodista del barrio Jesús María — publicaba un mensaje apocalíptico junto la foto de un inmueble en ruinas. “Se derrumbó el Saratoga”, decía, y yo no podía creerlo.

El día que explotó el Saratoga y tomó la primera foto, ella tampoco podía. Los escombros, las cabillas, la guagua con los cristales rotos, el humo gris que avisaba a media Habana, los cinco pisos que quedaron desnudos y las decenas de celulares grabando al unísono; todo aquello, cada una de las cosas, eran imposibles de creer. O al menos, uno preferiría creer que era imposible, que no estaba ocurriendo, que había sido una pesadilla y que diciendo: “esto no es real” y parpadeando tres veces, la esquina de Prado y Dragones volvería a ser como siempre.

El día que explotó el Saratoga, la gente sintió mucho miedo. Se dijo que era una bomba, una pipa, una fuga, una cañería, un accidente, un atentado. Un desastre…

¿Qué pensaría en el momento del estruendo el vendedor de granizado del Teatro Martí, el peatón que cruza la calle y presencia la caída en vivo, la maestra que imparte una clase de primaria a unos metros del hotel y siente el temblor del pavimento? ¿Qué se dice el periodista que reporta en la humareda, el bombero que mueve escombros en busca de una vida, el paramédico que carga un cuerpo que aún respira, para que el miedo no lo detenga? ¿Qué se dicen el hombre y la mujer que escalan entre las piedras para salvar vidas antes de que alguien diera una orden? ¿Qué se dice un estudiante universitario cuando prefiere no ir a una clase por ir a ayudar a un hospital? ¿Qué le dices tú, su profesor, cuando te lo pregunta?

El día que explotó el Saratoga será recordado por las postales de desolación que el derrumbe deja a su paso, por la imagen de un periodista que no borrará de su mente la escena en que exhuman un cuerpo sin vida frente a él, por el dolor de un equipo de trabajo que esperaba ver su esfuerzo concretado con un hotel que volvía a nacer.

También, por aquel cartel rojo que convocaba a donar sangre y se hizo viral en todas partes, por las filas interminables de donantes que hicieron colapsar a los bancos, por aquellos policías, bomberos, médicos, enfermeros, ciudadanos comunes que salvaron una vida, o al menos, lo intentaron; por aquellos que con decencia, empatía y respeto, compartieron las fotos con los rostros de quienes aún no habían aparecido.

El día después del Saratoga, despertaré temprano y somnoliento, tomaré un buchito de café y leeré las historias que la noche dejó. Pensaré en un país de luto, un país que duele, un país que siente. Un país que pierde, coño, y que sufre, pero que es capaz, por un instante, de apartar las divergencias que hoy se manifiestan y rescatar lo esencial: eso que te hace cubano, y que te hace humano: la capacidad de tender la mano en el peor momento y recordarle, al mundo, al de al lado, y a ti mismo, que la hora más oscura es justo antes del amanecer.

Extraído de el Caimán Barbado.

por Redacción

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