Nació en La Vega el 30 de abril de 1929.

Muy joven ingresó a la Policía Nacional, dejó las filas de la institución y se graduó de Bachiller en la Escuela Normal de La Vega. Ingresó al Ejercito Nacional como raso y ascendido a oficial se inscribió en la Universidad en el año 1953 graduándose de doctor en derecho en octubre de 1958.

Se incorporó al Movimiento Constitucionalista que fundó y dirigía su primo hermano el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez.

El 24 de abril fue hecho preso en el Campamento 27 de febrero donde prestaba servicio y liberado por órdenes del coronel Miguel A. Hernando Ramírez, ejecutadas por el capitán Mario Peña Taveras.

El 25 de abril en la mañana, el coronel Lora Fernández se encontraba vigilante y en pie de lucha desplazándose entre el Campamento 16 de agosto y el Campamento ubicado en el kilómetro seis y medio.

Participó activamente en las acciones desarrolladas en Radio Santo Domingo, en la Batalla del Puente Duarte y fue responsable de la toma de la Fortaleza Ozama el viernes 30 de abril de 1965.

Fue nombrado Jefe de Estado Mayor del Ejército Constitucionalista.

Murió combatiendo el 19 de diciembre de 1965 durante el ataque al Hotel Matum en Santiago de los Caballeros. Junto a él cayó también el Sargento Domingo Peña (Peñita).

Asumió el patriotismo como un compromiso militar, personal, moral, íntimo. Por eso rehuyó reconocimientos y poses.

A esa convicción y a su muerte temprana se debe, probablemente, el olvido en que durante años estuvo sepultado su heroísmo en los caldeados días de la revolución de 1965 cuando se distinguió como uno de los más decididos y valientes soldados por la libertad.

El coronel Juan María Lora Fernández no pudo contar el testimonio de sus glorias en el Puente Duarte donde combatió sin retroceso el bombardeo de los tanques, aviones y cañones de las tropas de Elías Wessin. Tampoco tenía voz para relatar el arrojo con que dirigió el asalto y la toma de la Fortaleza Ozama, salvando a la zona constitucionalista del ataque contrario. El proyectil del tanquista que derribó su cuerpo en lucha, le impidió relatar la defensa de los barrios que emprendió durante la contienda en que se expuso, supervisando comandos, supliendo alimentos, protegiendo la propiedad privada, abasteciendo de armas y entrenando civiles en la recién creada Academia 24 de Abril.

Su entrega fue efectiva, pero discreta.

Bernard Diederich, el audaz reportero norteamericano que cubrió con su cámara los incidentes de la guerra, confiesa que apreció su intrepidez, pero que apenas logró captarlo.

Cuando la historia pudo ser contada sin temores ni mordaza, otros actores se cubrieron de honores. La joven compañera de Lora Fernández estuvo siempre más dispuesta a encauzar a sus pequeños huérfanos que a reclamar homenajes para el esposo caído. Ella también rehusaba aplausos, y como a la acción sobrevivieron tantos titanes, el nombre del Jefe de Estado Mayor del Gobierno Constitucionalista, no recibió la merecida resonancia.

Algunos autores apenas lo citan, reservándose el espacio para autoacreditarse honras.

Juan Manuel, Dulce, Dhania y Yolanda eran muy niños cuando ocurrió la tragedia.

El primogénito fue quien más estuvo a su lado en los días de abril pero su escasa edad le impedía medir el valor patriótico, comprender las razones de la desgracia de su padre.

Hoy sus lágrimas brotan espontáneas y su voz se quiebra al rememorar su entonces diminuta estatura de pie, frente al ataúd, con el papá dormido, apagado, sin poder explicarle el terrible suceso. Sus escasas vivencias y recuerdos son familiares.

Los tributos a su padre se iniciaron tarde, como la calle de Los Ríos que rinde honor a su memoria, inaugurada en el 2002, treinta y siete años después de su partida.

Antes estuvieron marginados, aislados de la sociedad que después de la revuelta tomó otro rumbo con el advenimiento de un gobierno arbitrario de intereses distintos a los defendidos por el aguerrido combatiente. La mayoría de los viejos compañeros del luchador tomaron el camino del destierro.

A la denominación de la vía siguieron otras exaltaciones, tardías, pero justicieras.

Los muchachos han conocido al coronel más allá del beisbolista del equipo Cristal, de La Vega, declarado en 1944 Champion Bate Primera Base; del amante del boxeo o del romántico apasionado por las canciones de Fernando Valadez, Lucho Gatica, Roberto Yanés o la orquesta Santa Cecilia, que disfrutaba vehemente la interpretación Teléfono a larga distancia.

En la casa de Juan Manuel, ingeniero agrónomo inclinado también por la milicia, el padre está presente en las insignias, diplomas, fotos familiares, vestimenta civil y militar, armas, cuadernos del soldado y otras pertenencias de Lora Fernández que le llegan con la misma frecuencia que las narraciones de su valor contadas por quienes fueron testigos y acompañantes en las batallas cruciales de la guerra.

En la guerra

En enero de 1965 reclutó militares como parte de un plan para reponer al destituido Presidente Juan Bosch, con misiones específicas que le fueron asignadas por su primo, el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez.

Una de ellas consistía en acumular dinamita. Fue cancelado y colocado bajo arresto el 24 de abril. Lo liberó el capitán Peña Taveras.

Ese día nos mandaron para San Cristóbal, a la casa de la abuela, recuerda Juan Manuel que ya después venía a estar junto a él en la calle Félix Mariano Lluberes.

A través de Radio Santo Domingo, Lora Fernández exhortó al pueblo a la lucha. Luego se distinguió en la batalla del Puente Duarte y en todos los demás combates del movimiento insurrecional.

Caamaño lo nombró Jefe de Estado Mayor del Gobierno Constitucionalista y lo ascendió a coronel.

Durante los ataques de las tropas norteamericanas que invadieron el país, tuvo a su cargo la defensa de Ciudad Nueva y de la Zona colonial, estimulando el patriotismo de los combatientes a través de la radio para mantener en alto la dignidad nacional.

El 19 de diciembre de 1965 cayó abatido en el segundo piso del hotel Matum, de Santiago, donde el coronel Caamaño y su comitiva viajaron a rendir homenaje póstumo al coronel Fernández Domínguez.

Firme en su determinación de impactar al conductor de un tanque, el tanquista disparó primero y él cayó abatido, fusil en mano, como todo un héroe de leyenda, declaró el general Héctor Lachapelle, testigo de la osadía de Lora.

Su cadáver fue trasladado a la iglesia Las Mercedes y después sepultado en el cementerio de la avenida Independencia de donde fue exhumado el 19 de diciembre de 2004 y llevado al Cristo Redentor.

Aquel aciago día de 1965 está latente en la memoria de su hijo que lo recuerda con su traje militar verde y sus insignias. Frente al cuerpo sin vida, con sentimiento infantil, quizá pensando que lo escuchaba, prometió: Papi, tú te fuiste, pero no te preocupes, yo me quedo para cuidar a mami y a mis hermanitas

Texto: Angela Peña, periódico HOY

Por Redacción

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